jueves, 15 de febrero de 2018

HISTORIA DE UN ALMA de Antonio Praena. Editorial Visor.

HISTORIA DE UN ALMA de Antonio Praena. Editorial Visor. Poesía. Dividido en cinco partes y 37 poemas. Sin prólogo, pero con muchas citas y contraportada-sinopsis a modo de prólogo.



 HISTORIA DE UN ALMA de Antonio Praena. Editorial Visor. Poesía. Dividido en cinco partes y 37 poemas. Sin prólogo, pero con muchas citas y contraportada-sinopsis a modo de prólogo.

            Antonio Praena es un fraile dominico y un poeta con mayúscula (sus dos grandes vocaciones) que, situado “en un lugar intermedio entre la teología y la creación literaria”, investiga la relación entre teología, cine, poesía y arte. Y cuando un poeta como Antonio Praena dice: “La palabra engendra vida, crea el mundo y resucita de la muerte y todas nuestras muertes” o “La poesía no puede ser un supermercado de emociones. Hay que abrir al misterio por el horizonte de la belleza y el lenguaje” o “La poesía es un acto de comunicación en los límites del lenguaje y de la experiencia”… si no decimos “Palabra de Dios” (porque él mejor que nadie sabe del poder de la palabra y su sagrada escritura) debemos, cuanto menos, escucharlo y leerlo, para descubrir muy pronto que su poesía nunca defrauda. El autor nos confiesa que quiere verdad, la busca y la necesita para existir.

            Pongámonos entonces en perspectiva para abordar a un poeta de largo alcance llamado a perdurar y hagamos un recorrido veloz por lo que han dicho de sus libros. Hace ya tiempo que Álvaro Valverde dijo que “Antonio Preana es un excelente poeta. No me duelen prendas afirmarlo. Alto y claro”. “Al buen oído de Praena, que consigue transmitir a través de un ritmo envolvente e impecable, hay que sumar la armoniosa composición de sus versos”. Rafael Alonso Pica comenta: “Con -Actos de amor- nos sorprende con su sabia estructura y nos seduce con su desnudez”. Refiriéndose a “Yo he querido ser grúa muchas veces” comenta: “En esta obra me sorprendieron los siete pasos poéticos de las siete partes de este poemario que evocan, comentan y parafrasean de alguna manera los siete dones del espíritu o quizás las siete virtudes”, y añade: “La seducción que provocan los poemas de Antonio Praena surge de la ambigüedad biográfica con que se desvela el autor”. Francisco Onieva afirma que nuestro poeta es “una de las apuestas más interesantes y auténticas de la poesía más reciente en nuestra lengua”, y refiriéndose a “Yo he querido ser grúa muchas veces” dice que este poemario “defiende una poesía que podríamos definir como mística de lo humano, en la que se fusionan sin fricciones la cultura posmoderna, las referencias grecolatinas y un hondo humanismo, de base renacentista, que coloca al hombre en el centro del verbo” o que su poesía “busca la emoción con precisión, agilidad y claridad, sin olvidar la sugerencia y la musicalidad”, “una poesía en la que lo profundo y lo cotidiano se dan la mano en el poema”. José Antonio Santano también nos ilumina con sus palabras para conocer mejor la poesía de este autor, y dice: “quizá no tan hondo y apasionado como lo hallamos en Fray Luis de León o Santa Teresa de Jesús. El misticismo en Praena es más reservado y atemperado” o “La cruda realidad que observa a su derredor hace que el verso se revista de humano sentir y vuele trascendido a otros lugares”. Y José Antonio Olmedo afirma que “Historia de un alma” “supone un giro –digamos, lingüístico- en la dicción poética del autor de “Yo he querido ser grúa muchas veces”, “De entrada, sorprende la naturalidad, rozando la irreverencia, y el descaro, lindando con la provocación, de un argumento lírico, con destellos místicos, pero a la vez hundido en sus raíces de un hiperrealismo urbano”, y, “Este libro es una suerte de vínculo entre lo clásico y lo moderno”. Además, Gonzalo Santoja, miembro del jurado que le otorgó el Premio Gil de Biedma ha señalado de -Historia de un alma-  que “se trata de un poemario descarnado y muy duro”. Incluso un tal Señor Scott, en Amenazadederrumbe blog, dice: “La voz que encontramos en –Historia de un alma- nos grita desde la intimidad. Es una voz brusca, violenta y provocadora. Carece de antifaces y en algunos pasajes tiene un marcado tono nihilista” o “Al fondo del poemario brota una mirada mística, espiritual, que sirve de contrapunto a la superficie Nietzscheana presente en varios pasajes”, “la intención del autor es meternos de lleno en un escenario, en una situación de la que hacernos espectadores”.

            No sabemos si será debido a la pasión que tiene por el séptimo arte, pienso yo, por la que se ha dejado impregnar con una poética llena de huellas cinematográfico-publicitarias y de imágenes fuertes y poderosas, ya que su poética es muy visual y profunda, casi pictórica diría yo. Si nos fijamos en las portadas de sus tres últimos poemarios comprobamos que él (a su imagen física me refiero) aparece en primer plano, ya sea de una manera más nítida o disimulada. Como un Alfred Hitchcock de la poesía, y quizá como homenaje a él, a Antonio Praena le gusta aparecer y jugar en esos planos inesperados (mostrando su brazo musculoso con pajarillo incluido –imagen muy mística, por cierto-  o ese torso desnudo que parece en trance de éxtasis, o subido en una moto y con traje en un alarde posmoderno, “con aire seductor de inspiración publicitaria” que “desea cabalgar (su) Kawasaki/ en busca de otra vida” más en cueros, como si fuera un adonis posando para el objetivo de Miguel Ángel.

            El propio poeta nos dice que en “Poemas para mi hermana” “el protagonista es el paisaje y las raíces”, en “Actos de amor” no es él quien habla sino su vida, en “Yo he querido ser grúa muchas veces” “entona un canto a la libertad, al riesgo, a la ebriedad de vivir y de poder cantarla” y en “Historia de un alma” se nos apunta en la contraportada que “es un libro moral compuesto de retazos inmorales”, o nos dice: “Mi intención pasaba por probar algo diferente, con una serie de poemas que habían ido viniendo de una serie de cuestiones sociales y contemporáneas, y que construyen un libro extraño en el que rompo la línea establecida y trato de emprender una búsqueda diferente” o añade “es un libro sin poeta”. “Dejar que cada poema sea una escena de una película” “como un documental de los bajos fondos” nos aconseja en una entrevista como pistas a seguir para “componer el rompecabezas” que supone “Historia de un alma”. Con estas mimbres tan altas y premio tras premio se está convirtiendo en uno de los grandes poetas de este país, y podemos asegurar al leerlo que es un poeta de los grandes, que entronca con la mejor tradición literaria española y en el que brilla la originalidad de una poesía exquisita y magistralmente elaborada, quizá más cerca de Góngora que de ningún otro por nombrar a uno, y es al uso del lenguaje a lo que me refiero.

            No sabemos con certeza, aunque lo intuyamos, si con la primera cita de Santa Teresa de Liseux, de su autobiografía “Historia de un alma” (con la que comparte título), lo que pretende nuestro poeta es también la conversión y la curación (individual y colectiva) como aquél, aunque en este caso circunscrito solo al mundo de la lírica o de la literatura. Si “el hombre es un dios para el hombre” y el consumismo es la salvación a la que aspira, él nos recuerda con este poemario que hay un Dios más allá del hombre y otra gloria más duradera, porque “los grandes pecadores y los santos/ siempre estamos muy cerca.” –se nos revela en la página 68, y, “La estatura moral es su constructo/ contra las leyes naturales” –añade en la 53.

Antonio Praena, el cochero de este carro alado tirado por un caballo bueno y otro malo que es “Historia de un alma” nos deja su sabiduría escrita en unos poemas que alcanzan la belleza más suprema como principio de vida. Para Antonio Praena, como diría As-Sustari –el otro místico de la comarca de Guadix-, sus “mejores momentos (son) cuando está reunido con (su) esencia” de hombre religioso y a la vez mundano. Nuestro poeta se sitúa entre el cielo y la tierra para servirnos de codificador o descodificador de la buena poesía y del arte como antesala del Paraíso y de la eternidad. En este libro escribe más desinhibido y seguro de sí mismo, en búsqueda de un nuevo yo, más social, y superando el listón de su propio legado poético. Dice el papa Francisco que debemos “evitar seguir estrellas fugaces como el dinero, el éxito, los placeres buscados como finalidad en la vida… que, en vez de orientar, despistan” de lo principal de la vida, y ese parece ser, en alguna medida el argumento más primario del libro. En “Historia de un alma” hay momentos en que la poesía de Antonio Praena es una poesía que reza, aunque no lo parezca, pero reza desde la reflexión que provoca el pensamiento del poema en la conciencia del lector, al enfrentarlo consigo mismo y con la voz del “C(c)reador”. “De una forma o de otra” el poeta nos lleva a donde quiere, a otra belleza, nos enfrenta al mundo de los espejos y su intemperie para dejarnos a solas con Cristo y sus santos. “También yo soy testigo de mi tiempo” –nos anuncia en la página 76, y es de ahí de donde arranca, de su testimonio y de su idea de Occidente para dejar al lector al borde de su abismo y frente a “los instantes” de gloria o de nada. Un libro, en definitiva, sobre el que podríamos decir como Inocencio X: “¡Troppo vero!”.

            Poeta de imágenes potentes y poderosas y de una contemporaneidad espiritual a contracorriente indiscutible, ya nos sorprendió con aquella imagen tan mística de la grúa que se hacía cruz salvífica para las aves y con la que se fundía en una misma metáfora. Ahora con Historia de un alma transforma las motos en corceles del espíritu y las huellas de la ciudad, de la historia o del arte se convierten en las moradas de su “castillo interior”. Se podría pensar que su “camino de perfección” es más ascético que místico porque su lado humano sobresale sobre el divino, aunque cuando uno lee sus libros con detenimiento comprueba que prevalece el lado divino sobre el lado humano, ya que su alma está a flor de piel (como sus portadas nos indican) y sus versos parecen estar cincelados en mármol de Carrara.

            Dice Pedro Salinas: “El místico exalta las fuerzas del espíritu, sus poderes de penetración en el misterio”. El poeta desentraña alma y cuerpo para transcender su poética en forma y materia, de la que levanta acta y da fe, ya que las pasiones forman parte de la naturaleza humana y lo impropio es ser dominado por ellas. “De un ansia irracional proviene al alma,/ y es por eso que amamos/ mordiéndonos el cuello y husmeando/ rincones innombrables/ igual que los caballos y las perras” –retrata en la página 45, porque estamos “convocados al orden de la gracia divina” en esa predilección que tiene el libro por las personas feas. Los caminos del misticismo en Antonio Praena, siempre atento a la realidad y al arte, transitan por el amor y la palabra como las dos caras de una misma moneda espiritual que hacen de él un claro ejemplo de adaptación a los tiempos posmodernos en los que nos encontramos; ofreciéndonos una mística, la suya, que, más que oración silenciosa es homilía en voz alta, la cual apunta a lo sobrenatural con fe delicada y lenguaje abrupto, como signo de la época que vivimos y padecemos. Aunque su mirada apunta al mundo (satírica, irónica y burlesca incluso) siempre nos deja una vía abierta hacia la Transcendencia, aunque sea a través de la polisemia. “Poder, oh, sí, poder. Poder es la palabra. Poder es el amor, poder la entrega” –nos dice en la página 18, o, “Vertical es vivir. Morir es vertical” –página 13, donde destaca la fuerza del verso hecho aforismo.

            En la poesía de Praena, poeta docto y cultivado, podemos encontrar una vertiente culta y otra más sencilla y coloquial, en apariencia solamente, ambas fundidas en un mismo molde místico-metafísico. Escribe tan bien para disfrute de todos nosotros que consigue que el lenguaje alcance logros notorios y que no sea solo un medio de expresión, sino también una vía de inspiración, lleno de variados recursos literarios y figuras que provocan continuamente la admiración del lector. La estilística del autor sustentada en múltiples simbologías, con esas reiteraciones tan suyas y esos versos tan técnicamente perfectos, consigue dotar al poema de un ritmo vivísimo de pensamiento y lingüístico, elegante y envolvente, hasta convertirlo en auditorio de la música más divina, donde significantes y significados con sus ecos juegan en las alturas, transformando la lectura en un concierto de música sacra donde el cuerpo y el alma se hacen instrumentos místicos en manos del poeta músico. Poemas, los suyos, que en algunos casos se transforman en parábolas o en alegorías. Un libro, pues, donde brilla la armonía y la perfección artística y en el que Praena ha sabido muy bien insuflar vida divina a los poemas dotándolos de alma, o sea, de un sentido que va más allá de las palabras, “donde la carne, simplemente,/ desea no ser carne:/ vuelvo el alma a sus cuerpos.” –nos confiesa en la página 47.

            En este libro, el más distinto, inflamado de teoría y experiencia y el más religioso y narrativo de cuantos ha escrito, con ciertos dejes de ensayo, el autor se reinventa y va de la filosofía a la teología y viceversa para armar su poemario de una verdad a la vez antigua y posmoderna, y siempre tan real. Praena, subido en su alma y en su formación, nos hace viajar a través del cuerpo y del alma, de Platón, Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, la Escolástica, Nietzsche, el nihilismo… y certifica su vocación de hombre de Iglesia, “el idealismo de Platón ha fracasado./ Sin embargo, Aristóteles/ nos une para siempre a lo concreto.” –nos dice en la página 50. Hay veces que el alma y el cuerpo, cual Quijote y Sancho en su dualismo, intercambian sus papeles y su aventura, haciendo más humano o más divino el momento, según convenga al discurso del poeta. Y con esos hilos duales (alma y cuerpo, vida y muerte, filosofía y teología, moral y arte, Dios y hombre, el yo del autor y el yo del libro, la fe y la nada, pasado y presente, realidad y ficción, vicios y virtudes…) es como el poeta va tejiendo su obra que al final resulta ser su vestido como lo es el de todos, con rumbo a los funerales y a “La historia de esta alma/ (que) es la historia de un alma sin historia” –dice en la página 39. Y de paso, de forma soberbia, nos enfrenta a los siete pecados capitales como podemos comprobar en Men Style. “Perseguís la belleza… estáis gordos/ lo que denota una pereza nauseabunda” –nos relata en la página 54.

            En las citas que acompañan al libro hay santos, filósofos, teólogos, poetas… en un intento de ambientar el camino de redención que nos ofrece el poemario. Citas que, junto a la contraportada, en cierta medida actúan como prólogo que justifica y pretende esbozar las líneas de fuerza que sustentan el libro, todas ellas apuntan hacia el misticismo como lugar de encuentro a la espera de “la mañana entre almendros/ de la resurrección” –página 83, quizá con una clara intención de dejarlo todo bien explicado, a la interpretación me refiero y al sentido último de sus poemas, distanciándose asépticamente de ellos a través de un yo ficticio para, paradójicamente, estar más presente en ellos.

            Se nos pregunta en la página 79 si “¿Cambió la vida de alguien un poema?, quizá no, nunca, pero seguro que su lectura entretiene mientras nos llega el Apocalipsis con su monotonía. Después de leer esta “Historia de un alma”, de Antonio Praena, no se me ocurre mejor manera que acabar esta opinión con una cita de As-Sustari: “Oh poeta, enhorabuena, presume, ufano de tu Señor” porque ha escrito otro magnífico poemario para gloria y alabanza de todos los amantes de la buena poesía y para los anales de nuestra literatura.

Opiniones de lector.
Custodio Tejada
10 de febrero de 2018



HISTORIA DE UN ALMA de Antonio Praena. Editorial Visor. Poesía. Dividido en cinco partes y 37 poemas. Sin prólogo, pero con muchas citas y contraportada-sinopsis a modo de prólogo.



domingo, 4 de febrero de 2018

EL EJE DE LA LUZ de José Iniesta. Editorial Renacimiento. Poesía.

EL EJE DE LA LUZ de José Iniesta. Editorial Renacimiento. Poesía.



EL EJE DE LA LUZ de José Iniesta. Editorial Renacimiento. Poesía. 49 poemas.

            Cuando un poeta “promete emoción y verdad” en sus recitales, y la verdad es un territorio sagrado, hay que quitarse el sombrero y entrar descalzo en sus versos, para no hacer ruido y poder así percibir toda la música y la vida que los habita. José Iniesta, este poeta que “se conmueve con lo esencial y con lo sencillo” y que conoce “los paisajes hondos del corazón” “al lado del amor y sus certezas”, busca con ahínco la luz que tienen las palabras para transformarlas en antorchas que retienen la “llama del instante”. La palabra hecha poema es una diosa que al menos lo reconforta, ya que todo lo que ve lo destila con el alambique de su alma que trasciende esas experiencias sencillas en un testimonio vital. La luz, con todas sus intensidades y matices, es una constante en el libro, y a la vez es un fin en sí misma, “donde (le) va la vida”.

            Una cita de los Upanishad (libros sagrados hinduistas) abre el libro: “Ello eres tú”. Ya desde la primera página el saber ancestral de la India interactúa con el lector al que le acompaña también la música de Bach como banda sonora.

            Sabemos que cada autor crea sus propios códigos para armar su universo creativo y al lector le toca interpretarlos. A veces los lectores proyectamos en los libros nuestras fobias y nuestras filias. Héctor Solsona, en la Galla Ciencia, define a José Iniesta como un poeta que “se mueve por instinto, sin ideas preconcebidas, que toma nota a cada instante del sentir que siente, y que se deja invadir por el sentimiento como una forma de conocimiento más elevada que la inteligencia, que lo lleva hacia la intimidad de la realidad en la que se confunde, empáticamente, con el paisaje y con todos sus elementos” o que “rechaza los aditivos metafísicos y los rebordes místicos empalagosos”, y añade que “la poesía de José Iniesta no es mística porque en ella no hay rastro reconocible de teología alguna”. Nos dice Carlos Alcorta que “en cuanto leemos un poema de Iniesta tenemos la sensación de que sus palabras las envuelve un halo de misteriosa armonía que no parece de este mundo” o “cualquier minucia engrosa la lista de materiales que propician el asombro, hasta el punto de que parecen sedimentar esa fortaleza espiritual que transmiten los poemas”. Antonio Praena lo define como “poeta hondo, intenso. De los que abren un claro de sentido en el rincón más escondido del alma y dan un horizonte a las sombras que no tenían horizonte”.

            La palabra, en la que espera perdurar, es indispensable para la vida del autor que necesita “asirse a cuanto ve con palabras” ya que “Cantar es la manera/ de encender una luz” –nos sopla en la página 20. Dar voz es algo si no ascético, cuanto menos demiúrgico, y eso es lo que hace José Iniesta con los elementos y “mientras gira la rueda del instante”, darle voz a su consciencia: “le doy voz/ al aire que me abraza donde el frío” –nos dice en la página 34, o “anhela darle voz y darle luz/ a la cueva profunda del presente” –en la página 13. La propia naturaleza del ser humano, que es, le arrastra hacia su parte más salvaje, de camuflaje con el paisaje que le envuelve y con el lenguaje, y es ahí donde el poeta nos confunde y actúa para conducir su cuadriga animal hacia la luz de las palabras y su lado más poético. José Iniesta es un poeta que transciende el asombro y el misterio de sus observaciones y de su mirada. José Iniesta aceptó un día el reto que le puso la poesía: “estar consigo mismo” y “cantar lo que sí es, el rumor de la savia hacia su fruto” –nos confiesa en la página 16.

            Cierto acercamiento atisbas con Friedrich Hölderlin. En “El Hiperión” se puede leer: “El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”, también se dice: “Ser uno con el todo es la vida de la divinidad, es el cielo del ser humano”. José Iniesta, como aquél, también es arrastrado hacia la verdad suprema de la naturaleza y el amor gozoso, y así dispone su canto, como poeta y como pensador. Con la dificultad que entraña un juicio estético me aventuro a decir que, en cierta medida, nuestro poeta diviniza la cotidianeidad y sus sentimientos, o sea, diviniza su yo poético, dotándolo de una estética particular que, convertida en paisaje, se torna en poética de un yo transcendente al fusionarse con la palabra. Al leer a José Iniesta visualizas un diálogo poético/sagrado entre el hombre, la naturaleza y la poesía. Desde el principio percibes, gracias a la labor del poeta, “de qué templo edifican las palabras” y “de qué honda es la vida” en cada verso y “qué hondo (es) lo sencillo al mediodía” –nos dice en la página 12.

            El autor parte desde un planteamiento escéptico e incrédulo, con un aire melancólico que impregna todo el poemario, diríase que “El eje de la luz” está más pegado al atardecer que a cualquier otro momento del día, especialmente por la luz que desprende, una luz que brota desde dentro hacia fuera más que al revés. Parafraseando al filósofo nos dice que “yo sé que nada sé”, lo que manifiesta la doble vía que tiene el poemario, metafísica y lírica. Siempre fiel a su quehacer de poeta, a su técnica y oficio, repite una y otra vez su fórmula de éxito en el poema, con esas enumeraciones paralelísticas y su ritmo envolvente, que tan bien lo hace, con un elevado nivel de autoexigencia porque “el cántico (que) pretenden estos versos/ envidian el murmullo de (las) hojas” –nos dice en la página 30. El ritmo cadencioso de su poesía, con versos endecasílabos o heptasílabos, te conduce a un trance lírico y hace de la meditación y de la observación una dulce melodía del pensamiento. La existencia de José Iniesta es un camino de “preguntas sencillas/ que lo responden todo” –dice en la página 46. El poeta, en una constante búsqueda de lo profundo, encuentra el fervor de lo cotidiano y se convierte en un “hombre que respira… los aromas exhaustos de la vida” y los salvíficos de la luz de la palabra.

            El eje de la luz, según sea la rotación o la traslación de la mirada, es la línea que separa la claridad de las sombras, la sabiduría de la ignorancia o el recuerdo del olvido, “descubro un paraíso, mi ignorancia” –afirma el poeta en la página 55. A través de los objetos y los pequeños sucesos, un retrato, una baldosa, una silla, la lluvia, los pájaros, el jardín, los acantilados, los almendros, la bicicleta… se convierten en templos del instante que transcienden su materia para elevar el paisaje a un rango casi sagrado de aprendizaje, “porque la luz es cambio” –nos exhorta. Al poeta le “basta con sentarse” y mirar, “no anhela nada más” –nos susurra, no necesita nada más para alcanzar la luz de su sabiduría, de la paz y la salvación del instante que se hace milagro. “El milagro de un trino/ que todo en su ignorancia lo contiene” –alumbra en la página 42 o ¿… con qué caudal del alma hacia su gozo,/ que este poema ajeno, tan desnudo, lo viva como propio y que me salve?” –en la página 46. La luz, el amor y la vida son las tres rectas (o líneas de fuerza) del eje que sustenta el poemario, “porque es amor la vida a vuestro lado/ y es destino la luz de la mañana” –nos revela, “en esta aventura de ser vida” en la que se encuentra el poeta y donde “el cielo (le) regala la conciencia”.

Aunque el vacío y la nada lo cobijan porque “es todo lo que tiene y las palabras” –nos delata en la página 58, y a pesar del desengaño que impregna el poemario en general, es la luz y el amor quienes le dan una coartada de salvación a su yo poético, a pesar de que sea inmediata y pasajera, sin otra pretensión más ambiciosa. Podríamos decir que los poemas de José Iniesta son una “cueva donde habita la ilusión” o “un abrazo que siempre es salvación” –podemos leer en la página 57. Y se erige en mesías de sí mismo a través de la poesía, “porque siempre es destino/cantar el mundo nuestro/ asciendo monte arriba, a la palabra” –dice en la página 65. ¿Habrá buscado algún paralelismo con Cristo y será la palabra (convertida en diosa autosuficente) una especie de Gólgota particular donde el poeta ejecuta su sacrificio y se redime a cada instante? ¿También me pregunto si entiende el poeta su poesía como una forma de oración consigo mismo y con su yo poético? Nos dice: “la oración del nogal junto al camino” –página 54, “y es oración el viento en este patio” –página 61. Al escribirlo, de alguna manera, convierte también el poema en una especie de oración existencial entre la naturaleza y él.

            “El eje de la luz” es un libro lleno de reminiscencias e intertextualidades más o menos explícitas. Sus poemas dedicados a otros poetas abrirán nuevas sendas en tu mente de lector rumbo a José Mateos, Katy Parra, Agustín Pérez Leal, Francisco Brines, Antonio Praena, Eloy Sánchez Rosillo, Jaime Siles… igual de “soberbios de belleza (y) tan hermanos”. Más aún incluso, al leer “El eje de la luz” de José Iniesta me salen al paso poetas como José Mateos, Antonio Praena, Jesús Montiel… ¿Será porque hay entre ellos puntos comunes y fórmulas compartidas, o sea, vasos comunicantes que van de uno a otro en cuanto a oficio, estilo y poética? Ahí lo dejo para profundizar quizá en otro momento más propicio que éste.

Hay que leer y releer a José Iniesta para desentrañar tanto resplandor porque “es gozo y es fervor la maravilla/ de no saber decir tanta belleza”. La Lírica es la diosa que guía sus pasos y su pensamiento. No sé por qué al terminar de leer “El eje de la luz” me vino una cita de los Evangelios, Jn 14: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, quizás porque esas palabras talismanes (como reliquias líricas) trazan un recorrido, posible y auténtico, dentro de la poética de este libro; ya que el poeta nos muestra aquí su luz, su camino, su verdad y su vida, divinizando así su material poético y existencial como una especie de indagación/revelación sagrada a través de la palabra hecha poesía y sacrificio. Qué más se le puede pedir a José Iniesta, este hombre y poeta que nos entrega “el oro que (le) dieron/ la luz de las palabras”, y que es todo cuanto posee de valor real y duradero. Se pregunta en la página 30 “¿qué espacio ocupa en ti el alma mía?”, y le podríamos responder que el destello de un excelente conjunto de poemas en los que respiramos el aire y la luz que habita en ellos.  Y aunque nos dice en la página 40 “qué ciencia más sabrosa no ser nadie”, no puede encenderse una luz, como la que proyecta José Iniesta, para esconderla debajo del celemín, sino que debemos encumbrarla para que ilumine toda la estancia de lo que llaman Parnaso.


Opiniones de lector
Custodio Tejada
29 de enero de 2018

custodiotejada.blogspot.com.es





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miércoles, 17 de enero de 2018

SI QUISIERAS PODRÍAS LEVANTARTE Y VOLAR de José Carlos Rosales. Bartleby editores.

SI QUISIERAS PODRÍAS LEVANTARTE Y VOLAR de José Carlos Rosales. Bartleby editores. 75 páginas, 25 secuencias de un solo poema y una nota final.


SI QUISIERAS PODRÍAS LEVANTARTE Y VOLAR de José Carlos Rosales. Bartleby editores. 75 páginas, 25 secuencias de un solo poema y una nota final.

Dice Steiner que, “la crítica literaria debería surgir de una deuda de amor”, cosa que no siempre sucede, sino que muchas veces proviene de la envidia y la maledicencia. Aunque lo que voy a manifestar solo llega a una simple opinión de lector, sí puedo asegurar que surge sin ninguna mala intención, antes al contrario, brota desde la admiración. El primer libro que cayó en mis manos de José Carlos Rosales fue “El precio de los días”, allá por los años 90 del siglo pasado, siendo yo estudiante en Granada. Un primer contacto que me convirtió en un lector asiduo de su obra.

Cada autor, en su discurso poético, esboza un tipo de paisaje, unos lo hacen más rural o más urbano, otros buscan el misticismo de la cotidianeidad o el destello de la sorpresa… El caso es que cada cual describe un paisaje que lleva a un territorio más íntimo, y que lo sitúan a uno y a otro lado de la palabra convertida en frontera del silencio y en estado de conciencia.

José Carlos Rosales, este buzo incorregible que, sabe lo que vale el precio de los días y la luz de los faros, está siempre pendiente del horizonte que le circunda, de sus mínimas manías y de la nieve blanca de Sierra Nevada que la impregna con ese movimiento lento del desierto y la arena y del eco de la Alhambra hecha palabra, pero también del asfalto y las gasolineras; todo destilado desde un corazón que late poemas a Milena y busca la geografía confortable que proporciona el aire de los mapas y la sorpresa cotidiana de un paisaje: La ciudad, que al final nos conduce a otros paisajes más íntimos y existenciales que demuestran que sigue vivo, y que funcionan como unas constantes vitales de su obra.

En el magistral estudio-prólogo titulado “El lugar de las cosas” (página 9 y siguientes) que aparece en la antología poética “Un paisaje” de la Editorial Renacimiento, Erika Martínez (con su esclarecedor modo de decir las cosas) nos habla del “terror onírico” que habita los poemas de José Carlos Rosales, y de que en ellos “el espacio ha perdido sus coordenadas”, ya que “Rosales cultiva a su manera el género fantástico”. Añade otras perlas que alumbran el conocimiento de la poética del autor como: “Su viaje, a través del tiempo…, combina la indagación simbólica del analista con una fuerte deriva existencial”, para nuestro autor “pareciera que el pasado tiene vida propia, que se resiste a morir y siembra el presente de cenizas, hojarasca, residuos de su vida plena. Pero soplar ascuas hiere”, en él “cohabitan la mística de la intemperie… y la sordidez del capital…”, añade que “su escritura cabalga sin perder el paso, con un ritmo envolvente”, o que  “sus versos de autopista avanzan con una cadencia de largo aliento, y pasan sin prisas” “hasta convertir el espacio en un cauce de pensamiento”…

Como “nada puede encontrarse/ pensando que no existe aquello que se busca” –nos dice Rosales en la página 30, hay que comenzar la lectura de este poemario sabiendo que estamos ante un poeta de casta. La escritura del libro hace protagonista al lector, pronto identificado con aquél, el autor, en esa segunda persona con la que narra su viaje. En la contraportada se nos avisa para hacer hincapié del “trasfondo del poema”, donde hay “sutiles presencias de grandes maestros” como Blas de Otero, Miguel Hernández, Félix Grande, Luis Cernuda… Se nos dice también en la contraportada de este poemario que, “se trata de un solo poema que, dividido en 25 secuencias, “narra” en segunda persona, la fuga improvisada de un hombre durante una monótona tarde de agosto. Poesía urbana, vivida con una gran carga emocional.” Así se te conjura para el vuelo, desde el principio las alas (como metáfora de la libertad) acompañan el viaje desde fuera hacia adentro, desde la experiencia de la fuga al interior del aire más metafísico, atmósfera que todo lo envuelve. Desde las citas que abren y dan la bienvenida al libro ya percibes que hay una intertextualidad a la que debería atender el lector que se atreva a deambular por las páginas y los versos de “Si quisieras podrías levantarte y volar”, sugerente título que exhorta la voluntad del que lo lee. Citas con las que intuyes que los ojos y el alma entera del poeta son el observatorio donde el “hábito de ver y mirar” convierten al autor en un esteta del instante.

El último verso de la segunda secuencia, titulada El timbre de la puerta, coincide con el título del libro, pero escrito en primera persona: “si quisiera podría levantarme y volar”; mientras que a lo largo del libro se repite el título, con leves variaciones, como si fuera un mantra o una especie de antífona o estribillo que atempera el largo poema escrito en 25 estaciones o miradores. El lector pasa las páginas como si al girarlas “se pudiera cambiar de itinerario” –nos dice en la página 66, pero el poeta no nos deja, nos lleva por donde él quiere, con esa técnica escapista que tiene el libro del yo al tú y viceversa. Con poemas largos que huelen a Cernuda, que suenan a salmos urbanos, casi retratos costumbristas que navegan entre la épica y la lírica, más propios de un Ulises improvisado que pasea, en un mes de agosto, en busca de su yo a través del tú, en el que se encuentran autor y lector; porque es a través de la otredad como se llega a sí mismo y con la que pretende eludir la soledad hasta que, como un gran Houdini, se hace desaparecer en un golpe de efecto final que te deja una sensación de ilusionismo en estado puro; porque cuando “miras el goteo/ ploc-ploc/” del poema en tu cabeza, el poeta, refugiado en su silencio, te hace testigo del mundanal ruido lleno de motores que son, al fin y al cabo, la banda sonora de este libro.

Pareciera que el poeta escribe para dejar testimonio de una época y una geografía urbana, para reflejar el paisaje que le ha tocado vivir de móviles, autopistas, la ciudad, el coche, grúas, ascensores, gasolineras, periódicos… La soledad impregna el libro que va “de tu casa a tu coche,/ de tu coche a la calle,/ de una calle a otra calle,/”, quizá porque “todos los sitios son el mismo sitio”: La Palabra, como vértice que sustenta todo el trayecto purificador del libro. Sin la palabra José Carlos Rosales hubiera estado incompleto y solo, ya que la palabra lo ha salvado de la incomprensión y de la inmovilidad, alcanzando así la consciencia de su ser y de su estar en el mundo.

Hay versos que actúan como puentes intertextuales y que nos recuerdan otras orillas, “sutiles presencias”: “vas de tu corazón a tus asuntos” en la página 17, “antes de que el gallo cantara” en la página 26, “(mi casa, mi teléfono)” en la página 43, “vuelva por la mañana” en la página 54…

Las distintas secuencias de su único poema, que funciona como un cortometraje donde poesía y cine se dan la mano, están llenas de enumeraciones, de retahílas de pequeños sucesos y productos que funcionan como mantras de la vida urbana, y con las que repasa las estanterías de las farmacias, tiendas, supermercados, gasolineras… para inmortalizar el momento y convertirlo en recuerdo. A veces “in media res” como en La nieve blanca, a veces en segunda persona como aquí, José Carlos Rosales es un poeta que le gusta recurrir a los artificios/artefactos literarios para armar su poética y para realzar su mensaje y su mirada, ya sea desde una posición más minimalista o desde otra más narradora. El poeta surca el poema desde el desengaño, una seña de identidad en su obra. Rosales deja sus coordenadas (tanto históricas como biográficas) delicadamente escondidas pero siempre presentes. Su tiempo y su conciencia siempre afloran en los destellos del poema, y por extensión  en su estilo, siempre al borde del existencialismo y de la introspección; siempre en el límite del autorretrato y el retrato vía encabalgamiento de la época-memoria-conciencia. Y es que quizá, los versos de cualquier poeta, y en especial de José Carlos Rosales “solo son testimonios,/ material de museo,/ sopor, arqueología./” –nos dice en la página 26. Hay poetas que se visten con ropajes propios o prestados y poetas que se desnudan,  José Carlos juega al despiste.

Utiliza sucesos cotidianos para llevarnos a esferas más metafísicas y existenciales: “tu coche se lo llevó la grúa/ igual que se han llevado tu vida la desgana/ o la inercia, y no queda/ nada que defender/” –nos plantea en la página 30. Al leer sus versos procuras que “tus pies encajen en la (linealidad) del (poema)” para conocer la poética marcadamente urbana de este libro, porque “no hay que entrar en un sitio/ sin saber dónde entras” –nos advierte en la página 32. Cuando lees a José Carlos Rosales parece que estas de viaje, descubres e imaginas “que otro sitio hay/ en algún sitio esperándote”. Las coordenadas de sus versos, marcadas más allá del tiempo y del espacio, conducen a lugares más remotos de los que intuyes a primera vista, “sitios a los que nunca has ido” y de los que “nunca se regresa” exactamente igual que cuando fuiste, ya que descubres que “todo sigue lo mismo y todo es diferente”.

El deseo de levantarse y volar es el nexo que une el poemario entero, sin embargo, el poeta lo que hace es descender a los “sótanos o túneles” del ser y de la calle, “esos pasadizos sin llave” que están detrás de las palabras y dentro de los silencios.

El libro te absorbe como un desagüe, te traga “gluc-gluc”, “traslada con brío/ desechos o despojos” y nos avisa de que “te volverás basura/ si llevas la contraria”. Hasta cierto punto resulta algo claustrofóbico y agobiante, por lo que de reiterativo tiene. Y además el coche que, convertido en símbolo de todas las derrotas y de todas las pérdidas, funciona como metáfora de una época y de una conciencia que está al borde del naufragio y “de un tiempo que se esfuma”, de una huída a ninguna parte.

A pesar de que nos dice en la página 39 “tú a nadie le interesas”, no es cierto, José Carlos Rosales y su libro “Si quisieras podrías levantarte y volar” interesa y mucho, a los lectores de poesía, ya que se preserva y nos preserva en su “bosque de palabras”.



Opiniones de lector
Custodio Tejada
4 de Enero de 2017


Granada Costa. Nº 467. 31-11-2017


Wadi-as Información. Año2. Nº 38. Enero de 2018




Opiniones de lector
Custodio Tejada
4 de Enero de 2017



sábado, 13 de enero de 2018

¿QUIÉN TEME A THELMA Y LOUISE? De Mónica Doña. Editorial Renacimiento

¿QUIÉN TEME A THELMA Y LOUISE? De Mónica Doña. Editorial Renacimiento.

¿QUIÉN TEME A THELMA Y LOUISE? De Mónica Doña. Editorial Renacimiento. 24 poemas y Dedictorias.


            Dice Enrique Gracia Trinidad: “El más grave problema que tienen los lectores de poesía es que, como se descuiden, el poema les cuenta su propia historia. Conflictivo eso de verte reflejado en los papeles sin haber tenido arte ni parte.  Por eso, el común de los mortales le tiene cierta aprensión a los poemas.” Pues este libro de Mónica Doña habla especialmente de nosotras y también de nosotros.

           Ya desde la portada y desde el mismo título (que hace referencia a una película de culto para el feminismo y que tuvo el aplauso de muchos por la forma en que trató la violencia de género) el poemario te predispone para vivir una intertextualidad histórica, cinematográfica y emocional sin límites, con ese coche volando por el cielo (un Ford Thunderbird modelo 66 conducido por Mónica Doña) en busca de la libertad y la dignidad de todas las mujeres. La cita que abre el libro, de Rosario Castellanos, es toda una declaración de intenciones y de principios.

            En el libro todo es femenino, la mirada y también el pensamiento. Todas las citas que aparecen en él son de mujeres y hasta las dedicatorias finales son para ellas, para doce compañeras de viaje. Los latidos que mueven los batanes de la lírica de Mónica Doña parten de una sensibilidad exquisita y claramente femenina, que apuesta de manera decidida por su esencia de mujer que ansía vivir en igualdad de condiciones.
  
          Según Trinidad Gan este poemario “¿Quién teme a Thelma y Louise?” es “una excelente road movie por el territorio de la palabra, por las afueras de la condición femenina, por el paisaje interior de cada uno de nosotros.” Mónica Doña es una poeta cuya poesía “opta siempre por la claridad y la conexión con la realidad”. En la página web del Centro Andaluz de las Letras podemos encontrar las siguientes letras capitales para desentrañar su significado: El libro “es una búsqueda de lo femenino a través de la huella que dejaron mujeres singulares que figuran en la historia. Y, a su vez, es una reflexión sobre la llamada guerra de sexos y sus conflictos profundos que lleva al sujeto poético a una huida hacia delante, una escapada con el objetivo de encontrar un lugar más amable en el mundo, lo que supone una reinvención de esa construcción social que llamamos feminidad.”

           Leyendo a Mónica Doña, esta “mujer-sofá” que se siente libre mirando las musarañas del techo, descubres que es una de esas mujeres que han decidido dejar rastro y darnos en ofrenda su punto de vista, en definitiva, escribir su propio relato de las cosas. Ella se erige en protagonista de su propia biografía para reivindicar su lugar en el mundo, su voz dentro de la poesía y de la historia, porque ella no quiere ser “una mujer subterránea” ni una sombra; sino que desea ser un astro que brilla con luz fluorescente y elige su propio destino, porque nuestra poeta es una “sirena-roca” que “ama riendo”. Y es que, como si fuera un selfie literario, Mónica Doña nos ha regalado con mucho arte esta “road movie” poética.
  
          La mujer es la verdadera protagonista de este poemario donde, convertido en un film lírico o en un viaje iniciático, todo tiene un por qué y todo responde a un código secreto previamente fijado y diseñado: dar la voz a las mujeres a las que tantas veces se les ha hurtado. Desde el principio aflora la rebeldía, el deseo de cambio y transformación como hecho revolucionario: “y cambiaste tu alma/ por espada de Arcángel” –nos dice en la página 13.

            Es un poemario dividido en tres partes. La primera titulada “Femenino y singular (la huella)” compuesta de ocho poemas. La segunda titulada “Tiempo muerto (la captura)” con otros ocho poemas. Y la tercera titulada “Mujeres al cabo (la escapada)” también con otros ocho. Esta distribución guarda una estructura de relato-novela o película, o sea, tiene una exposición, un nudo y un desenlace claramente definidos. No sabemos si el número 8 significa algo concreto para nuestra autora, pero sí podemos decir que el número 8 bendice este libro y que el significado de éste número está relacionado con el poder, la energía, la realización y la perseverancia. El 8 simboliza la transición entre el cielo y la tierra. Para la Iglesia Católica es el número de la resurrección, de hecho, el 888 es el número de Jesucristo (¿Habrá buscado el paralelismo del mesías salvador con el feminismo de salvación?). En el Tarot, el arcano número VIII es la justicia y se representa con una mujer de gesto severo, o sea, el mundo objetivo y el equilibrio de las energías (¿se referirá Mónica Doña a las masculinas y femeninas?). Lo que pone de manifiesto el mundo mental y espiritual del que goza Mónica Doña, la gran sacerdotisa de este magno poemario. “Tal vez la magia sea/ este pequeño signo,/ este número ocho, que se tiende/ y el poema susurra la palabra infinito…” –nos dice en la página 64. Se puede leer también en la página 67: “La mirada imposible/ ante ocho kilómetros de playa” o “Somos ocho risueñas fugitivas”, de las que siete (más la autora ocho) integran “Mujeres al Cabo (la escapada)”; las cuales se funden con las otras ocho de la primera parte del poemario, yendo su relación mucho más allá de la mera intertextualidad y de la poesía, quizá en una unidad de destino.

En la primera parte acude a la historia para encontrar la huella y a partir de ahí iniciar su viaje literario, aparecen personajes históricos (“ocho mujeres, ocho” como “toros” embisten): Juana de Arco, Rita Hayworth, Billie Holiday, Teresa de Ávila, Cleopatra, Coco Chanel, Madame Curie y Frida Khalo (convertida en diosa crucificada y en símbolo del feminismo liberador). Ocho amazonas del talento femenino, todas ellas igual que nuestra autora hijas de la metamorfosis, de la ironía y de la rebeldía. La mismísima Cleopatra (por boca de Mónica Doña) nos exhorta diciendo: “mi belleza/ es un mito diabólico, un lujo de la historia que hiere sin piedad/” –podemos leer en la página 20. Poniendo el foco en que a la mujer siempre la miramos desde la esclavitud de la belleza y no desde la libertad de sus muchos otros valores. Y precisamente porque es hija de su tiempo, Mónica Doña nos confiesa a través de la voz de Teresa de Ávila que: “Hoy me siento muy sola, y cada vez le tengo más miedo a las alturas” como tantas mujeres. Mónica Doña tiene algo de todas ellas, aunque solo sea por haberlas convocado. Un libro, por tanto, para estar atento a las sugerencias y a los matices que la lectura provoca. La segunda parte, aderezada con recuerdos más íntimos y personales, aprieta el nudo del poemario entre juegos prohibidos (de culpas y remordimientos) y transformaciones de una mujer que descubre que todo lo que se sueña tiene un precio. El mar con su vaivén de fondo nos acoge en la tercera parte, no cualquier mar, sino el mar del Cabo de las Ágatas en Almería; y es allí donde sucede el desenlace del libro: “Ocho lobas dispersan los rebaños”, “ocho gatas en celo” “guardan… un útero de roca” “de ocho mujeres vivas y enlazadas/ para que el (la) mar-montaña/ rescate el horizonte femenino” –nos confiesa en la página 51. Ocho amazonas transformadas por el rito del fuego y las palabras que se hacen “nuevos gritos” y “cantos nuevos” “hasta formar anillo” y “echar a correr”. 

Para mí el gran acierto de este libro está en el modo y en la forma de contar el mensaje que quiere transmitir su autora. Podría decirse que “¿Quién teme a Thelma y Louise?” es una caja de resonancias, un poemario/púlpito (sin connotaciones peyorativas) lleno de ecos y voces que retumban con voluntad mediática y aleccionadora.

Al leer a Mónica Doña algunos versos conducen a la sonrisa vertical de Ana Rosetti que a veces también se torna en horizontal hasta suplicar “menos testosterona, por piedad” –nos dice en la página 40. Con el poema “El beso de Klimt” la écfrasis va más allá de la mirada de los museos, nos lleva al interior de la feminidad y de la época que le ha tocado vivir, y es así como nos seduce la reflexión del “amor al borde del abismo” y del “tiempo muerto”. Thelma y Louise se juntan con Javier Egea en el mismo destino y en la misma esperanza, lo mismo que Mónica Doña y Javier Egea se unen para hablar de sus cosas una tarde en la Isleta del Moro.
      
           El libro, en cierta medida desprende un aspecto lúdico y creativo (a imagen y semejanza de su autora), de reconstrucción poética, de crisálida literaria en la que obra la metamorfosis de las imágenes en palabras. Hubiera sido espectacular que la arquitectura del ocho (por lo que el poemario tiene de logia literaria o cripticismo) hubiera poblado también los versos, sin embargo, predominan los heptasílabos y los endecasílabos, como es lo normal y lo contemporáneo, dicho sea de paso.
    
        Cuando nos dice “¿Quién teme a Thelma y Louise?” la verdadera pregunta que nos plantea la autora, a modo de reflexión intrínseca, es: ¿Quién teme a la mujer y por qué?, y las respuestas nos la dan las mujeres que pueblan el libro. Pero habría que entender la pregunta como un desafío que no espera respuesta, porque en el fondo es una afirmación de valentía que recurre a la ironía para explicarse.

Y aunque Thelma y Louise, según nos dice Callie Khouri, “Volaron fuera de este mundo porque nuestra sociedad todavía no es lo suficientemente grande como para apoyar a las mujeres que se han liberado de todas sus cadenas”, sin embargo, Mónica Doña se ha quedado aquí para escribir este libro y para tratar de poner su grano de arena en la lucha que las mujeres tienen con la historia y en la deuda que ésta tiene con ellas.


Opiniones de lector
 Custodio Tejada
12 de Enero de 2018


Opiniones de lector
Custodio Tejada
12 de enero de 2018



martes, 5 de diciembre de 2017

1ª.- LA CIUDAD (Antología poética 1985-2014) Editorial Renacimiento 2ª.- PEQUEÑOS INCIDENTES (Antología poética) de Karmelo C. Iribarren. Editorial Visor.

1ª.- LA CIUDAD (Antología poética 1985-2014) de Karmelo C. Iribarren. Editorial Renacimiento. 274 páginas, un prólogo “Cuando la ciudad duerme”, un epílogo y 204 poemas.

2ª.- PEQUEÑOS INCIDENTES (Antología poética) de Karmelo C. Iribarren. Editorial Visor.  240 páginas. 177 poemas, con un prólogo “Poética de un paseante con paraguas”.


1ª.- LA CIUDAD (Antología poética 1985-2014) de Karmelo C. Iribarren. Editorial Renacimiento. 274 páginas, un prólogo “Cuando la ciudad duerme”, un epílogo y 204 poemas.


2ª.- PEQUEÑOS INCIDENTES (Antología poética) de Karmelo C. Iribarren. Editorial Visor.  240 páginas. 177 poemas, con un prólogo “Poética de un paseante con paraguas”.

            Que vayas a una librería y en sus estantes encuentres no una sino dos antologías (de distintas editoriales) de un autor vivo es algo poco frecuente y llama la atención. Cuando a un autor se le acumulan las antologías es porque ha llegado al culmen de la excelencia y porque ya amontona obra a sus espaldas y años en su cuerpo. Y si además está “apadrinado” en prólogos y críticas por los mejores “popes” de nuestra literatura reciente, eso lo sitúa al autor en un lugar casi sagrado o privilegiado dentro del panorama poético nacional.  La primera de ellas, la antología de Renacimiento, va ya por la tercera edición (ampliada y revisada) y llega hasta 2014, con una selección de inéditos incluida. La primera edición es de mayo de 2002, cuyo prólogo estuvo a cargo de Vicente Tortajada, en la segunda (en abril de 2008) quien se encargó de las consideraciones introductorias fue Joaquín Juan Penalva  y en la tercera (de mayo de 2014) el prólogo “Cuando la ciudad duerme” está firmado por José Luis Morante, donde también aparece una introducción en la solapa del libro de Abelardo Linares. De la segunda antología, la de Visor, aparecida en 2016, que ya va por la segunda edición (marzo de 2017), tiene un estudio introductorio titulado “Poética de un paseante con paraguas” del mismísimo Luis García Montero, que mide las palabras y tiende la mano, y en la que aparece su penúltimo libro “Haciendo planes” (2016), porque en 2017 ha aparecido el último hasta ahora, “Mientras me alejo”, y que es el único que no aparece en dicha antología.

            Cuando uno comienza la lectura de un libro “Hay que estar preparado para lo peor/ y disfrutar de lo bueno. Esa es la fórmula” –nos dice en la página 48. Así que seguí el consejo y continué mi viaje lector entre sus páginas como quien busca un camino que no tiene por qué coincidir con el del autor, solamente; para buscar “una pizca de luz” o la mejor interpretación y cuidándome mucho “de los que siempre/están detrás.” –como nos advierte el propio Karmelo.

            Toda antología, además de un conjunto de poemas seleccionados, son también un compendio de vivencias y de momentos, que así ordenados y sacados fuera de su contexto natural “adquieren/ otros matices” y otros significados al interrelacionarse de otra manera, al establecer nuevos vínculos entre los mismos poemas; al penetrar en ellos  sientes que hay “momentos que no tienen precio” –podemos leer en la página 71.

            Dice Luis García Montero: “La obra de Karmelo contiene uno de los mundos más ricos de la poesía española de hoy”. “El pensamiento de Karmelo es escéptico y está definido por el pesimismo”. José Luis Morante dice sobre la poética de Karmelo que “El poema entonces se hace crónica, apunte costumbrista en el que la sorpresa encuentra un hueco”, la suya es “una poesía vigorosa y precisa para captar la esencia, emotiva y sin adornos verbales, oportuna y cercana”. Abelardo Linares afirma que “es un poeta que no condesciende con la vacuidad ni la palabrería, quizás porque ha aprendido a creer en la poesía con minúscula y a descreer de las poéticas con mayúscula”. Mientras que Luis Alberto de Cuenca dice del último libro de karmelo C. Iribarren “Mientras me alejo” que “es tan sabio, sencillo, efectivo y emocionante como los anteriores.

            Si abres la antología  La ciudad, de Renacimiento, lo primero que te vas a encontrar es una fotografía del autor con un letrero sobre su cabeza que pone hotel; sinestesia que, de repente te hará sentir como una especie de turista-lector que durante algún tiempo (lo que dure la lectura o más, porque sus poemas tienen la persistencia de los buenos vinos) se va a hospedar entre sus páginas/habitaciones para callejear por sus poemas en un viaje que ya veremos adonde conduce.

 Como un gato, Karmelo “mira, observa, escruta” “las ciudades, sus plazas,/sus calles, sus esquinas/”, sus bares, sus pequeños incidentes que se hacen cataclismos de la cotidianeidad. La vocación urbana del autor pronto queda de manifiesto. Con San Sebastián-Donosti al fondo de cada palabra que “está hecha de barro y luz” y que ha recorrido de punta a punta durante más de 30 años (nos dice en las páginas 130 y 174) Karmelo viaja de la contemplación de lo que le rodea a la introspección de sí mismo, de la mirada inhóspita del exterior a la reflexión sagaz, irónica y crítica de su yo poético. Karmelo está dotado especialmente para la observación de la que exprime su poesía, a veces más épica que lírica y como poeta se plantea el sentido de su vida, cuya medida exacta la encontramos más cerca de la incertidumbre que de la certeza porque sabe lo que es una “racha de viento helado” que lo “reconcilia con (su) pequeñez” –apunta en la página 124.

Karmelo, con su característico sentido del humor, se autodefine como “un tipo sólido, sobrio, serio/ de los que ya no se ven”, como vasco que es: “Tanta hostia y tanto colorín”… nos dice en la página 134. A Karmelo me lo imagino, con ese aspecto de personaje de novela negra, envuelto en una espiral de humo, ceniceros y paquetes de cigarrillos mientras vive, escribe y atrapa el lado más sórdido de la existencia, transformando lo prosaico en excelente poesía que surge de sus “resacas” líricas o reales. Karmelo es un testigo, un poeta fedatario de la condición humana y urbana. Un poeta cosmopolita que, ya sea desde calles y plazas, desde los bares, subido en un autobús o asomado a la ventana de su casa da fe de la existencia que le ha tocado vivir. Karmelo es un poeta distinto, que situado en algún lugar entre medias de Bukowski  y Baudelaire afronta su poética con idéntico descaro, incluso con dejes pictóricos y cartelistas sus princesas le seducen en sus poemas-estampas a lo Tolouse-Lautrec. Irónico y con cierta mordacidad, sabe que la verdadera función de la poesía para que no haya “heridos de importancia” pasa por ser fiel a sí mismo y a su poética, alejado de modas-escuelas-tendencias y demás ambientes viciados (literariamente hablando).

Con maestría cuenta lo justo para convertir un suceso cotidiano o estampa costumbrista (sin aparente importancia) en un alegato de principios y posiciones, de coherencia existencial.  Utiliza los versos justos y necesarios para construir el poema, sin rodeos ni divagaciones, él va al grano y prescinde de lo superfluo. Escribe preferentemente versos cortos y poemas breves y escuetos (casi cabales), sin rima, donde prima más la melodía del significado que la del significante, versos que te cogen “por el cuello” y te llevan “al límite” de la reflexión y de la contemplación. Es un maestro en “el manejo de la lengua”, su lenguaje sencillo así lo corrobora. Y es que “parafraseando de alguna manera” unos versos del propio Karmelo “La poesía/ de cada poeta/ debería importarle a alguien”, y más si es un poeta de la talla y coraje como Karmelo C. Iribarren, ya que su poética es “Nada, sólo eso, la vida, la poesía de un miércoles cualquiera” –nos dice en la página 114.

Nuestro poeta, descreído y desengañado, recuerda con nostalgia su inocencia perdida, aquellas ganas “de cambiar/ el mundo” y que ahora se conforma “con dejar de fumar” simplemente –nos confiesa en la página 68. El va por su camino con su poesía a cuestas, no le interesan  los aplausos ni las “demás zarandajas”, como nos apunta en La función de la poesía de la página 29. Lo que de verdad le gusta a este poeta cazador de momentos es sentarse en plazas-calles-bares… “a verlas pasar” las horas, los coches, las gentes, la vida… -nos dice en la página 31. En sus poemas nos encontramos, a modo de hitos, un reguero de intertextualidades que complementan la lectura y la enmarcan en una interpretación más rica. Aparecen Durruti, Jesucristo, James Dean, Raquel Welch, Roger Wolfe, de copas con Cioran, Harry Whittington, Chandler, Baroja, Abelardo Linares, Johne Wayne, Francisco Diaz de Castro etcétera.

En el poema “Tu padre se ha ido de viaje” (página 36) nos abre su alma de par en par y nos deja entrever el vacío que le quedó, y que en cierta medida le persigue a lo largo del libro, y que le enseñó “que la vida iba en serio” (página 159). Karmelo, que lleva con honra el sambenito de poeta, sin alharacas ni postureos, pero sí con la seguridad de quien escribe con el alma y el aliento está especialmente sensibilizado para darse cuenta “de la trampa, del fraude” que supone la vida y sus fracasos especialmente. Como un escultor de palabras cincela el tiempo con letras/espejo en las que también nos reflejamos nosotros, como lo podemos comprobar en el poema Vidas de la página 83, entre otros.

Su epicentro vital es Donosti, pero (como buen cicerone) a veces nos hace viajar a otros lugares como Barcelona, Sevilla, Lisboa, Paris, Madrid, Pekin, Bayona, Peñiscola, Zaragoza… lo que nos confirma también que es un poeta viajero. Su lírica/testimonio es un viaje/péndulo que va desde la felicidad de un cigarro y una “cerveza: en su punto/” al… “pobre viejo/ hurgando en las papeleras” dejando en evidencia la ambigüedad en la que vivimos. La noche y los bares le seducen por igual, y es la noche, quizá, su mejor refugio y también su mejor derrota, los bares son su paraíso aquí en la tierra; porque leer a Karmelo C. Iribarren es atravesar un páramo ebrio de lirismo atribulado “… sin ningún/ remordimiento de conciencia” que te asombra con cada poema-escena, y es que sus versos te dejan la sensación de que “esto es la vida”, un espejismo, y él lo cuenta (con su desparpajo sencillo y directo) para deleite y disfrute de todos, para testimoniar la cotidianidad del tiempo, “no hay más”, “así de cómico,/ y así de trágico” es Karmelo y su poesía –se dice en la página 68. Siempre escribe al borde o en la frontera de la intemperie y del abrigo, justo en el límite de la derrota o del momento feliz y fugaz, de lo habitual y lo deslumbrante. Sus poemas son estampas costumbristas de naturaleza urbana que funcionan como si fueran bodegones publicitarios o simples carteles pegados en marquesinas.

Nuestro poeta antes que “el nobel, el cervantes/ el príncipe de Asturias” prefiere la mirada de un lector que le solicita unos poemas para una revista –nos dice en la página 90-, lo que nos retrata su carácter. Algunos poemas podrían leerse como magníficos microrrelatos (ya que se mueve en un terreno polivalente y fronterizo muchas veces), por ejemplo “La estampa nocturna” de la página 86, “La cháchara” o “Bar Etxekalte” en la página 137. Encontrarás versos memorables como los de la página 98 o 102: “solo ella es capaz/ de sacarle esa música al cemento” o “ser libre/ no es lo mismo que ser feliz”, “la soledad es eso,/ ahora lo sé:/ lo que hay/ antes y después de tu nombre” –dice en la página 173.

El tema que enmarca toda su poética es la ciudad, retratos de la vida urbana (trenes, coches, autobuses, calles, bares, ventanas, balcones, plazas… hasta un simple periódico puede protagonizar uno de sus poemas); pero también la memoria y su nostalgia: postales de la infancia, la historia, el amor pasajero o no, las mujeres, los paraguas, los vagabundos… para él todo es y todos somos poesía.

Con estas antologías de Karmelo C. Iribarren, La ciudad o Pequeñas incidencias, realizarás una multitud de viajes, todos ellos llenos de itinerarios sumergidos e íntimos; porque Karmelo (dentro de estas páginas) es una especie de Ulises/Robinson Crusoe urbano. En ellas autor y lector se funden, ya que brillan como una Ítaca Donostiarra, singular y costumbrista al más puro estilo Barojiano, y donde Karmelo aguarda seguro de sí mismo: “¿Que te pone verde algún crítico? El tiempo le pondrá amarillo a él.” –advierte en la página 122. Nuestro autor también aborda la metaliteratura en sus poemas “que sirven para ir/ y para volver/ de ninguna parte a ti mismo,/ o al revés” –apunta en la página 124.Y como él mismo le dice a la poesía y lo reconoce en la página 221: “Si no te hubiese conocido/ mi vida sería otra”, pero por suerte para todos tropezaron la una con el otro, y hoy tenemos para nuestro deleite los frutos de su romance: una vida azarosa que se ha hecho literatura de la buena. Lo mismo que le pasará a cualquier lector si abre alguno de sus libros y pasea por ellos.

Opiniones de lector

Custodio Tejada

5 de diciembre de 2017